Por: Eridel Reyes Rodríguez
“Nada se queda congelado en el tiempo; el nivel de igualdad o desigualdad no está determinado por atributos culturales o civilizatorios permanentes, y las cosas pueden cambiar gracias a la movilización política.”
(Sandel y Piketty, 2025)
En la primera parte de este artículo dejamos abiertas dos preguntas de reflexión: ¿por qué y para qué se han creado estos discursos, divisiones y ruidos en torno al género?
Como bien señala la cita anterior, todo cambio en la sociedad es producto de la voluntad política. Si aplicamos esta idea al tema de género, podríamos afirmar que el hecho de contar hoy con un escenario más visible de discusión se debe, en buena medida, a las fuerzas políticas que han impulsado su avance. De igual modo, los retrocesos o estancamientos también responden a la falta de esa voluntad. En otras palabras, el progreso en materia de igualdad de género va más allá de intereses particulares: es un compromiso político y colectivo.
Hablar de género no debe limitarse a una conversación entre mujeres. Es fundamental que los hombres también sean parte activa de este debate. Como bien expresa María Elena Simón Rodríguez en su libro Hijas de la Igualdad, herederas de injusticias, “para los varones jóvenes, la igualdad también representa una ganancia.” Todos y todas debemos estar en la mesa, exigir el cambio de discurso a nuestros líderes y demandar políticas que promuevan la equidad. Solo así podremos transformar el debate en una visión compartida de ganar versus ganar, y no en una supuesta “guerra de sexos”.
Digo supuesta porque, en los espacios académicos donde he participado, las preguntas que dominan las conversaciones no son de confrontación, sino de avance:
¿Cuándo daremos el próximo paso en materia de género?
¿Cuánto falta para concretar la equidad real?
Necesitamos avanzar como sociedad, y ese avance —como se planteó al inicio de este artículo— está estrechamente ligado al interés político. La forma más efectiva de hacerlo es eligiendo, para los puestos de poder y representación, personas que no solo tengan ideales progresistas, sino que también hayan sido activistas coherentes con esos ideales. Eso nos permitirá tener la certeza de que se trata de líderes comprometidos con el progreso y con la igualdad de género.
A mi juicio, esa es la única manera de combatir a esos “enemigos silenciosos” que, aunque actúan sin ruido aparente, cada día logran más atención e influencia.
¿Tenemos esperanza? Sí.
¿De quién depende el cambio? De cada uno y una de nosotros.
Depende de nuestras decisiones, de nuestra conciencia y de nuestra capacidad de exigir un cambio verdadero. Las generaciones de este siglo lo merecen: una sociedad inclusiva, equitativa e igualitaria, donde lo particular y lo colectivo encuentren equilibrio.


