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EL JURAMENTO NO SE OLVIDA… SE HONRA

EL JURAMENTO NO SE OLVIDA… SE HONRA

Por: Ing. Rafael A. Sánchez

Jueves de TBT, jueves de caridad.

“Examinadlo todo; retened lo bueno.”
— 1 Tesalonicenses 5:21 (RV1960)

El juramento profesional no es un poema ceremonial, tampoco es un discurso de trámite. El juramento es un pacto de honor, un compromiso de conciencia, un convenio moral entre el saber, la verdad y la responsabilidad. Es la firma invisible que rubricamos ante Dios, la Patria y nosotros mismos. No es declamación… es deber. No es formalidad… es fidelidad. No es ornamento… es obediencia moral. Es la línea divisoria entre el precio y el valor, entre la vocación y el comercio, entre la conciencia y la conveniencia.

Hoy, lastimosamente, pareciera que esa promesa esencial se ha diluido en el aire moderno del facilismo, la apatía y la conveniencia. La ética se resquebraja, la moral se relativiza y la profesionalidad se comercializa. En muchos casos, el título se convirtió en llave para acceder, no para servir; en herramienta para escalar, no para aportar; en licencia para negociar, no para honrar la verdad. Muchos profesionales —abogados, médicos, ingenieros, contadores, arquitectos, educadores, técnicos, funcionarios y servidores públicos— han cambiado el deber por el “debería”, el honor por el interés, el compromiso por la conveniencia y la vocación por la ganancia.

Cuando el profesional traiciona su juramento, abandona también su identidad. Pierde su esencia. La sociedad está perdiendo los cimientos éticos que le dan forma y dignidad. El conocimiento sin conciencia es un arma de doble filo; la técnica sin moral es peligrosa; la ciencia sin virtud es estéril. Y el título sin ética, simplemente, es cartón sin alma.

Como advirtió Albert Einstein: “El valor del hombre no se mide por lo que sabe, sino por lo que hace con lo que sabe.” Y lo reafirmó con sabiduría Sócrates: “La educación no es llenar un vaso, sino encender un fuego.”

Ese fuego se está apagando. La pasión por servir ha sido reemplazada por la ambición de obtener. La integridad ha sido sustituida por el interés desmedido. La palabra ha dejado de valer. El mérito ha dado paso al manejo. Y el contrato social, ese invisible lazo entre profesión y dignidad, parece estar en terapia intensiva. Hoy, muchos hablan de derechos, pero olvidan los deberes; exigen respeto, pero descuidan la responsabilidad; demandan reconocimiento, pero olvidan la excelencia.

LO DICEN EN MI VALLEJUELO QUERIDO:
“El que empeña su palabra… empeña su nombre.”

El juramento no se pronuncia, se practica. No se recita, se respeta. No se exhibe, se honra. Ha llegado la hora de rescatar la dignidad profesional con decisión, valentía y conciencia. Honrar el juramento es proteger la Patria. Servir con ética profesional es sembrar futuro. Actuar con honestidad es blindar la nación.

No podemos permitir que el talento se pervierta, que la ley se negocie, que la medicina se venda, que la ingeniería se corrompa, que el derecho se tuerza o que la educación se prostituya. No se puede construir una República sólida con principios frágiles, ni edificar un país digno sobre cimientos de egoísmo, indiferencia o corrupción ética.

El juramento es más que palabras… es convicción, es carácter, es legado. No se puede traicionar sin traicionarse. No se puede olvidar sin perderse. Y no se puede negar sin renunciar al verdadero propósito de ser profesional: servir, edificar, aportar, dignificar y trascender con integridad.

Reflexión final:

Si queremos un país digno, necesitamos profesionales dignos; si aspiramos a una nación íntegra, necesitamos hombres y mujeres íntegros. Porque cuando el juramento se honra, la República florece; cuando el compromiso se cumple, la Patria se engrandece; y cuando la conciencia se activa, el futuro se fortalece.

¡¡¡DIOS ES BUENAZO…!!!

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