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Consenso o secuestro: la democracia que el PRM no quiere mirarse al espejo

Consenso o secuestro: la democracia que el PRM no quiere mirarse al espejo
Por: Pedro Morales: Consultor en IA, automatizaciones y marketing digital con experiencia en gestión de crisis, director ejecutivo del grupo de medios La Nave Digital, fundador del periódico digital Liderazgo Noticioso y de la agencia de automatizaciones IA Liderazgo Digital MS.

Hay una pregunta que flota en los pasillos del Partido Revolucionario Moderno y que nadie parece querer responder en voz alta: ¿puede un partido que nació precisamente de una negación de democracia interna, permitirse hoy negarle esa misma democracia a sus propias bases?

La historia no es un detalle menor. El PRM surgió de las entrañas del PRD cuando ese partido le negó democracia interna a sus militantes. Una fractura, una ruptura, una promesa implícita: aquí las cosas serán diferentes. Esa promesa, con o sin documento firmado, fue el contrato fundacional del partido. Vale la pena recordarlo ahora que desde la cúpula se impulsa la idea de que las próximas elecciones internas sean sustituidas por un consenso.

El problema con la palabra consenso

En la teoría política, el consenso es el resultado de un proceso deliberativo entre actores con poder real de negociación. En la práctica política dominicana, el consenso suele ser otra cosa: es el nombre elegante que se le da a la imposición cuando no quieres el costo de la imposición. La pregunta que hay que hacerse no es si habrá consenso o no; es quién lo convoca, quién lo conduce y, sobre todo, quién queda afuera.

Algunos han encontrado en el PLD su argumento de defensa: ese partido tampoco celebró elecciones internas durante años de gobierno. Si ellos lo hicieron, ¿por qué nosotros no podemos? Es un argumento. Pero es también una confesión. Porque lo que ese razonamiento dice en silencio es que la normalidad a imitar no es la democracia; es el vicio institucionalizado. ¿Desde cuándo el mal ejemplo ajeno se convierte en licencia propia?

Las piedras en el zapato

Hay una explicación más honesta sobre por qué se prefiere el consenso a las urnas internas, y no tiene que ver con la unidad ni con la eficiencia. Tiene que ver con el resultado. En unas elecciones internas competitivas, el voto no distingue entre quien pertenece a la coalición de intereses dominante y quien no. Y eso es un problema cuando hay liderazgos legítimos dentro del partido que podrían ganar, precisamente porque no son parte de esa coalición.

Se pide consenso porque hay piedras en el zapato que podrían ganar — y eso, en política, no es un argumento a favor del consenso. Es el argumento en su contra.

¿Qué le ocurre a un partido cuando silencia sistemáticamente a sus voces internas más competitivas? ¿Qué le dice eso a la militancia que moviliza, que organiza, que pega carteles y que nunca es convocada a decidir? ¿Y qué pasa cuando esa militancia, que ya percibe el desgaste del gobierno, observa que tampoco tiene espacio para expresarse hacia adentro?

Ven las señales, pero no ven las amenazas.

El PRM gobierna con una mayoría que le otorga una sensación de invulnerabilidad. Y esa sensación, en política, es quizás el riesgo más subestimado que existe. Los partidos no colapsan cuando pierden elecciones; colapsan cuando dejan de interpretar lo que ocurre dentro de sí mismos. Cuando la distancia entre la cúpula y las bases deja de medirse en opiniones y empieza a medirse en silencio.

La cúpula del PRM puede estar viendo las señales. Lo que no está claro es si está viendo las amenazas. Porque las señales son visibles: el desgaste acumulado, las bases que sienten que no fueron tomadas en cuenta, los liderazgos internos que miran con frustración cómo el espacio se cierra. Las amenazas son otra cosa: son lo que ocurre cuando esos liderazgos deciden que el paraguas ya no los cobija y comienzan a buscar otro. El PRM conoce perfectamente cómo termina esa historia. La vivió. La protagonizó. De hecho, es la razón por la que existe.

Queda la pregunta abierta, para quien quiera tomársela en serio: ¿puede un partido gobernar democráticamente hacia afuera lo que no practica hacia adentro? ¿Es la democracia dominicana un sistema de valores o una estética electoral? ¿Y cuando las piedras en el zapato finalmente se van, quién escribe el próximo capítulo —y no lo hemos leído ya antes?

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