Por: Ing. Rafael A. Sánchez
Miércoles de Esperanza — Epicentro de la Semana
“El rico se enseñorea de los pobres, y el que toma prestado es siervo del que presta.” — Proverbios 22:7 (RV1960)
Durante las dos últimas décadas, la economía dominicana ha crecido de forma constante, pero arrastrando un lastre: el endeudamiento público. Lo que en principio fue una herramienta de impulso económico, se ha convertido en una espada de doble filo que amenaza con hipotecar el porvenir de las próximas cinco generaciones.
En el año 2000, la deuda pública consolidada apenas representaba el 18 % del PIB. Para 2012 ascendió al 32 %; en 2020 alcanzó el 53 %; y hoy, en 2025, supera el 64 % del PIB, con una carga de intereses que ronda los US$6,000 millones anuales. En términos simples, cada dominicano debe más de US$5,000, sin haberlos recibido ni disfrutado.
Los gobiernos pasados construyeron una cultura fiscal de endeudar para tapar huecos, más que de invertir para crear riqueza. El patrón fue idéntico: préstamos excesivos, retornos limitados y un gasto público que priorizaba la inmediatez electoral por encima de la sostenibilidad nacional.
Sin embargo, bajo la actual administración del Presidente Luis Rodolfo Abinader Corona, la narrativa empieza a cambiar. Aunque el volumen de deuda continúa en crecimiento —pues el país sigue enfrentando compromisos estructurales y demandas sociales—, la calidad del gasto muestra un giro hacia la inversión productiva, el fortalecimiento institucional, la transparencia digital y la sostenibilidad social.
Los recursos captados en los últimos cuatro años se han orientado principalmente a infraestructura vial, energía renovable, educación técnica, conectividad digital y atención primaria en salud. No se trata solo de gastar, sino de convertir cada dólar prestado en bienestar verificable. Es una diferencia sustancial frente a los gobiernos precedentes, donde gran parte del endeudamiento se destinó a clientelismo político, obras sin retorno y nóminas paralelas.
“La deuda es el impuesto que pagan los pobres por la impaciencia de los gobiernos.” — Thomas Jefferson
Aun así, la deuda —por bien usada que sea— no deja de ser una espada sobre la economía nacional. El reto no es solo administrar el presente, sino asegurar la sostenibilidad futura. Un préstamo útil debe tener retorno social medible, costo-beneficio claro y trazabilidad pública. No se trata de demonizar el crédito, sino de profesionalizar su uso.
El actual gobierno ha planteado un debate necesario: ¿hasta dónde es prudente endeudarse sin hipotecar la independencia fiscal del país? Esa es la discusión que debe dominar la agenda nacional. Y, con justicia, el Presidente Abinader ha invitado a la oposición a debatir con datos, no con discursos. Si la deuda de ayer fue despilfarro, que se diga; si la de hoy es inversión, que se demuestre.
“El que no economiza será siempre esclavo del que ahorra.” — Johann Wolfgang von Goethe
La sostenibilidad económica requiere disciplina, estadística y visión técnica. Urge racionalizar el gasto, medir el impacto de cada peso y convertir los préstamos en instrumentos de desarrollo, no de dependencia. Solo así la República Dominicana podrá pasar del ciclo del endeudamiento al círculo virtuoso de la inversión productiva.
En mi natal Vallejuelo, la sabiduría campesina enseña: “El que vive fiado, vive preocupado.” Hoy ese refrán adquiere dimensión nacional. Porque el país que gasta más de lo que produce termina dependiendo del acreedor y debilitando su soberanía.
Reflexión final
Este llamado no es político, es patriótico. El gobierno debe continuar su línea de uso responsable de la deuda, con rigor técnico y transparencia total, y la oposición tiene el deber moral de debatir con propuestas y estadísticas, no con desinformación. La economía dominicana necesita equilibrio, inteligencia y planificación. No se construye futuro con préstamos eternos ni progreso con déficits heredados.
La deuda puede ser útil, pero solo si produce más de lo que cuesta.
¡¡¡DIOS ES BUENAZO…!!!


