Por: Eridel Reyes Rodríguez
Cuando las organizaciones que dieron forma a la democracia enfrentan su mayor desafío: reconectar con la ciudadanía
Durante décadas, los partidos políticos han sido el eje central de la democracia dominicana, el canal a través del cual la ciudadanía ha expresado sus demandas, aspiraciones y derechos. Sin embargo, hoy atraviesan una profunda crisis de legitimidad que obliga a repensar su papel, su funcionamiento y su relación con la sociedad.
Desde la transición democrática iniciada en 1976, los partidos políticos se consolidaron como actores fundamentales del sistema político. No obstante, una vez afianzado el régimen democrático, comenzó a evidenciarse un distanciamiento progresivo entre estas organizaciones y la ciudadanía. Este quiebre en la relación partidos-sociedad no es un fenómeno aislado, sino una de las principales señales de alerta sobre el estado actual de la democracia representativa.
En su esencia, los partidos políticos existen para representar intereses colectivos, canalizar demandas sociales y estructurar la competencia política. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchas de estas organizaciones optaron por flexibilizar sus principios ideológicos con el objetivo de ampliar su base electoral. El resultado ha sido una transformación paulatina hacia maquinarias políticas centradas más en la obtención de votos que en la defensa de proyectos políticos coherentes.
A partir de la década de los años ochenta, esta dinámica dio paso a una crisis más profunda, marcada por el debilitamiento del vínculo entre electores y representantes, los cambios en el modelo económico y una fragmentación social cada vez más evidente. A ello se suma una nueva cultura política, especialmente entre las generaciones jóvenes, menos dispuestas a identificarse con estructuras partidarias tradicionales.
Fenómenos como el abstencionismo electoral, la apatía política y la desconfianza institucional reflejan esta realidad. Aunque los partidos continúan siendo necesarios para la operatividad del sistema democrático, su capacidad de representar auténticamente a la ciudadanía se ha visto seriamente cuestionada.
En América Latina, y particularmente en la República Dominicana, esta crisis se ha manifestado a través del clientelismo, el caudillismo y la pérdida de identidad ideológica. La política ha pasado, en muchos casos, a concebirse como un medio para satisfacer intereses particulares, desplazando el compromiso con el bien común. Esta débil institucionalización ha permitido la persistencia de prácticas como la corrupción y la falta de transparencia, erosionando aún más la confianza ciudadana.
A pesar de este panorama, no todo está perdido. Los partidos políticos siguen siendo piezas indispensables para la democracia, pero su reconstrucción debe pasar por recuperar la coherencia ideológica, fortalecer la institucionalidad interna, promover liderazgos colectivos y restablecer un vínculo genuino con la ciudadanía. Solo así podrán volver a ser lo que alguna vez fueron: verdaderos instrumentos de representación y transformación social.


