Por: Pedro Morales: Consultor en IA, automatizaciones y marketing digital con experiencia en gestión de crisis, director ejecutivo del grupo de medios La Nave Digital, fundador del periódico digital Liderazgo Noticioso y de la agencia de automatizaciones IA Liderazgo Digital MS.
El lunes 23 de febrero de 2026, República Dominicana amaneció con luz y anocheció en la oscuridad. Un blackout nacional, el segundo en menos de cuatro meses, paralizó al país entero durante horas. Pero lo que más llamó la atención de quienes llevamos años analizando la comunicación política dominicana no fue el apagón en sí, sino el apagón institucional que le siguió: el silencio, la improvisación y la ausencia de un protocolo de respuesta que cualquier organización mediana debería tener.
He sostenido esta tesis durante años, desde que el PRM estaba en la oposición y también ahora en el gobierno: este partido tiene un problema estructural y crónico con la gestión comunicacional de crisis. Y lo más llamativo es que la solución no está fuera del gobierno. Está dentro. Está en el COE.
El guion del caos: lo que vimos el 23 de febrero
Repasemos lo ocurrido con la frialdad del analista. José Paliza, ministro de la Presidencia, fue interceptado por periodistas a la salida de una reunión en el Palacio de la Policía Nacional. Su respuesta ante uno de los peores apagones de la historia reciente del país fue: “Estaba en una reunión de la Policía, viejo. No tengo… dame una oportunidad.” Tres errores en una sola declaración: la informalidad del lenguaje, el escenario equivocado y el desconocimiento aparente del tema.
Una crisis energética nacional de esa magnitud debería provocar la cancelación automática de cualquier reunión y el desplazamiento inmediato hacia Palacio. Eso no es una opción en un manual de crisis serio; es el primer párrafo del mismo. A esto se sumó la contradicción pública entre las declaraciones del propio presidente Abinader, que anunció una hora estimada de restablecimiento del servicio, y las de Marranzini, que corrigió ese horario. Dos voces, dos mensajes distintos, una sola crisis. Eso tiene nombre en comunicación estratégica: caos institucional.
Para rematar, el principal portavoz del gobierno apareció en el prime time de un canal privado y no en una rueda de prensa organizada desde el Palacio Nacional. Ese detalle, que a muchos puede parecerles menor, lo dice todo sobre la cultura de gestión del PRM: reaccionar donde se puede, no donde se debe.
No es el primero. El patrón es el problema.
Lo que ocurrió el 23 de febrero no es un accidente aislado. Es un patrón. El anterior blackout de noviembre de 2025 tuvo el mismo guion: ausencia de comunicado oficial durante horas, causas técnicas explicadas días después y ninguna rueda de prensa centralizada. Lo más grave: entre ambos apagones, que son los dos primeros desde 2015 en menos de cuatro meses, no hubo aprendizaje visible ni protocolo aplicado.
El caso SENASA sigue el mismo esquema. El silencio inicial del gobierno resultó más estruendoso que el escándalo mismo, y cuando llegaron las respuestas, llegaron tardías, difusas y sin una narrativa clara de responsabilidades. El escándalo de los artistas durante la pandemia también: primero una decisión mal comunicada, luego una marcha atrás que generó más controversia que el problema original. Y no podemos olvidar el episodio de la Marca País, en el que el gobierno lanzó un logo con especulaciones de plagio y tuvo que cancelarlo sin un relato que protegiera la imagen institucional. Estos son algunos ejemplos de una trayectoria comunicacional en la que particularmente he ido insistiendo y que los que deben tomar decisiones han hecho oídos sordos.
Cuando el patrón se repite en crisis tan diversas y distantes en el tiempo, el diagnóstico deja de ser “error puntual” y se convierte en “cultura organizacional”. Y eso es mucho más difícil de resolver que simplemente contratar un buen comunicador.
La promesa incumplida: el sector eléctrico como espejo
Hay un agravante que convierte estos fallos comunicacionales en algo aún más costoso políticamente: las promesas. El PRM pasó años en la oposición construyendo una narrativa de soluciones, especialmente en el sector eléctrico. Hoy, esos videos circulan en redes sociales con una crueldad digital impecable. La ciudadanía los comparte, los comenta y los confronta con la realidad de dos blackouts nacionales en cuatro meses.
El gobierno no tiene una narrativa coherente para responder a eso. Y en la era de las redes sociales, el vacío que deja un gobierno que no comunica lo llena siempre el adversario. Mientras el ejecutivo improvisaba respuestas el 23 de febrero, Leonel Fernández ya había tuiteado mucho antes de que el gobierno dijera algo coherente. Ese es el costo real de no tener un manual de crisis.
El General Méndez: Cuando el protocolo militar avergüenza a la política
Aquí es donde el análisis se vuelve verdaderamente incisivo. Dentro de la misma administración, bajo el mismo presidente, existe una institución que sí maneja las crisis con disciplina, protocolo y línea comunicacional única: el Centro de Operaciones de Emergencias (COE) bajo el mando del General Juan Méndez.
Ante cada fenómeno meteorológico, el COE activa sus protocolos con una precisión que cualquier consultor de crisis envidiaría: sesión permanente declarada, ruedas de prensa cada determinadas horas, un solo portavoz, un solo mensaje, instituciones alineadas y población informada en tiempo real a través de redes sociales. Es el manual de crisis ejecutado al pie de la letra.
Pero seamos precisos: el General Méndez no es un producto del PRM. Su formación es castrense, anterior a este gobierno y blindada de la cultura política partidaria. En el ejército, el protocolo no es opcional; es supervivencia. Un militar no improvisa ante una crisis porque su entrenamiento le ha grabado a fuego que la improvisación mata. No hay ego, no hay “esperemos a ver cómo evoluciona”, no hay portavoces múltiples con mensajes distintos.
Precisamente por eso el contraste es tan devastador. El COE funciona bien porque está blindado de la cultura organizacional del PRM. Y eso nos lleva a la pregunta que el gobierno debería hacerse: si en la misma administración, bajo el mismo presidente, el COE gestiona las crisis con disciplina y el resto del ejecutivo improvisa, ¿cuál es el problema real?
El problema no es de capacidad, es de cultura.
El PRM sabe cómo se gestiona una crisis. Tiene el ejemplo dentro de su propia administración. Lo que no tiene es la voluntad o la estructura para trasladar esa disciplina al resto del ejecutivo. Cuando hay una institución con protocolo propio, como el COE, el sistema funciona. Cuando depende de la estructura política del partido, el caos es el denominador común.
Abinader llegó al poder con una imagen de gestor moderno y empresarial. Esa promesa generaba expectativas muy altas precisamente en la gestión de crisis. Cuando la promesa no se cumple, el golpe reputacional es mayor que si viniera de cualquier otro perfil político. Y los números lo confirman: en 2020 ganó con un 52%, en 2024 con solo un 57% cuando su narrativa electoral era ganar con un 70%, con toda la maquinaria del Estado a su favor y una oposición fragmentada que no pudo ni forzar una segunda vuelta. Eso no es una victoria contundente; es la medida exacta del desgaste de una narrativa incumplida.
Presidente Abinader, el manual que busca para gestionar la crisis comunicacional energética ya existe y está dentro de su gobierno. Está en el COE. La pregunta no es si el manual existe, sino si hay voluntad política real de ejecutarlo cuando la luz se va. Porque de momento, cada vez que se va la luz, lo primero que desaparece no es la electricidad: es el protocolo. Y, seamos claros, un blackout nacional podría muy bien ser gestionado desde el Centro de Operaciones de Emergencias.
“LA EXPERIENCIA NO SE IMPROVISA”.


