Por: Ing. Rafael A. Sánchez
Lunes, inicio de la semana laboral.
Lunes de Templanza.
“La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor.”
(Proverbios 15:1, RV1960)
La República Dominicana vive un momento álgido, tenso y preocupante. En nuestras ciudades —Santo Domingo, Santiago, San Cristóbal, La Romana y tantas más— la vida cotidiana parece haberse convertido en un campo de batalla.
La gente sale a las calles no para convivir, sino para pelear. Se pelea por un parqueo, por un roce de vehículo, por una mirada, por una palabra. Se pelea con desconocidos, con vecinos, con colegas y hasta con la propia familia. ¡Estamos convertidos en leones de esquina, con tolerancia cero!
“La violencia es el último recurso del incompetente.” —Isaac Asimov
El tránsito se ha transformado en un espejo del caos: agresividad, abuso, temeridad y un desprecio total por la vida humana. Motoristas que desafían las leyes físicas, choferes que confunden el volante con un arma, peatones que cruzan como si fueran inmunes a la muerte.
Y lo más grave: autoridades que observan, pero no actúan. La sociedad dominicana parece caminar hacia un punto de no retorno, donde la anomia social —la falta de reglas claras y cumplidas— amenaza con tragarnos.
Y como si fuera poco, al calor sofocante se suman los apagones de MODA (cortes eléctricos), la escasez, la inflación, la falta de circulante. Una población estresada, acorralada por las dificultades, encuentra en la calle el escenario perfecto para descargar su frustración.
Nos estamos “jaltando” de vivir, como dirían en mi Vallejuelo querido, pareciera que hasta la vida misma nos “jiede”.
“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo.” —Nelson Mandela
No se trata solo de que el turismo crezca, que la economía fluya o que las estadísticas digan que estamos “bien”. Se trata de la salud mental de un pueblo, de la seguridad ciudadana, del orden en las escuelas, del buen funcionamiento de los hospitales, de la justicia confiable, del respeto en el día a día.
Lo que necesitamos no son parches, sino una profilaxis social profunda: educación sólida, régimen de consecuencias real, autoridades competentes que conozcan su rol y ciudadanos conscientes de su responsabilidad.
De lo contrario, seguiremos al borde del abismo. ¡Dios mío, esto está para no salir de casa!
Pero sí hay esperanza: aún estamos a tiempo de revertir el curso. Con voluntad política, con liderazgo ético, con compromiso ciudadano y con la ayuda de Dios, la República Dominicana puede recuperar la paz, la templanza y la grandeza que la caracterizan.
Hoy más que nunca debemos hacer causa común. No para pelear, sino para edificar. No para destruirnos, sino para salvarnos.
El país necesita menos rugidos de leones y más voces de sabiduría, menos manos cerradas en puños y más brazos abiertos a la concordia. Si cada dominicano asume su parte, el milagro de la paz será posible.
¡¡¡DIOS ES BUENAZO!!!