Por: Pedro Morales – Consultor en IA, automatizaciones y marketing digital con experiencia en gestión de crisis, director ejecutivo del grupo de medios La Nave Digital, fundador del periódico digital Liderazgo Noticioso y de la agencia de automatizaciones IA Liderazgo Digital MS.
¿Qué dice de una época que un streamer de videojuegos le gane a un periodista de treinta años de oficio por casi cuarenta a uno?
La escena ocurrió en la recta final de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en colombiana. Abelardo de la Espriella se sentó a conversar en vivo con Westcol: un millón cuatrocientas mil personas conectadas. Su rival, Iván Cepeda, escogió a un periodista tradicional y veterano, Daniel Coronell, para su última entrevista: treinta y seis mil vistas. Mismo país, misma semana, la Presidencia en juego. La diferencia no estuvo en el mensaje. Estuvo en quién sostenía el micrófono.
Este es el segundo capítulo de una serie sobre los influencers ocupando escenarios que no eran los suyos. En el primero vimos a Erola Jons hundirse en la Vuelta a España, fuera de su cancha. Hoy toca la cara opuesta: los que sí supieron pisar. Y conviene decirlo sin una gota de nostalgia: esto no es la decadencia de nada. Es la adaptación a cómo una nueva generación decide informarse, a quién escucha y a quién le cree. El que lo lea como el fin de algo, ya perdió. El que lo lea como el comienzo de otra cosa, apenas empieza a entender.
Se graduaron
Los influenciadores ya no recomiendan un producto: gobiernan la conversación. La academia colombiana le puso nombre técnico a lo que pasó -reverse agenda-setting-: los candidatos dejaron de conceder sus entrevistas a los periodistas y se las dieron a los creadores de contenido, y fueron los medios tradicionales los que tuvieron que correr detrás a cubrir esas charlas. Por primera vez en décadas, una campaña presidencial no tuvo debate entre los punteros. Ese vacío no lo llenó un noticiero. Lo llenaron los lives.
Quien crea que eso es anecdótico no vio los números. El streamer no fue una parada más de la campaña. Fue la campaña.
Aquí sí supieron pisar
Y aquí está la diferencia con Erola, que es toda la tesis de esta serie en una sola línea. A ella la soltaron sin guion, sin encargo, sin que nadie le dijera para qué la contrataban. A los streams de Espriella los sostuvo lo contrario: estrategia, preparación, un libreto y una lectura precisa del terreno. Erola no fracasó por tener guion. Fracasó por no tenerlo.
Porque un guion, bien entendido, no es una jaula. Es un mapa. Le dice al creador dónde está parado, qué se espera de él y hasta dónde llega su cancha. El influencer que llega con esa hoja de ruta ocupa la silla del entrevistador y la llena. El que llega a improvisar sobre un tema que no domina, la vuelca. Misma silla, destinos opuestos.
La nueva generación no premia al que improvisa con carisma; premia al que llega preparado y le habla en su código. Confundir espontaneidad con desorden es, justamente, el error del que no entendió que el escenario cambió.
La navaja
Conviene desactivar de una vez la objeción fácil: “es que a esos influencers les pagan”. Sí. Les pagan. Son profesionales y cobran por su trabajo, igual que cobra el que reseña un restaurante, come gratis y factura, y no hay nada turbio en ello. El pago nunca fue el punto. Si lo fuera, no habría forma de distinguir a nadie, porque todos cobran y todos, hoy, trabajan con un guion.
La diferencia está un piso más arriba, y es una sola: si creen lo que dicen.
Miren a Checho Sanguino, ochocientos mil seguidores, o a Vincent Ramos Montes, que se presenta sin rodeos como “defensor de nuestro presidente”. Eso no lo escribe un actor cobrando por hora. Se les nota la convicción en cada video, y el guion no se la presta: se la ordena. El loro es el caso inverso, el que recita con precisión una fe que no tiene. El mismo libreto le da estructura al que cree y alma prestada al que finge. Esa es la navaja que separa al comunicador del ventrílocuo, y no pasa por el dinero ni por el guion, sino por la creencia.
Queda, eso sí, una incomodidad que no pienso maquillar: cuando detrás del entusiasmo hay una operación, estrategia, libretos, un aparato que profesionaliza la pasión, ¿cómo distingue el que mira la convicción verdadera del movimiento fabricado? Checho quizás cree de verdad. ¿Y el creador número cuatrocientos de la fila, también, o solo sigue el libreto?
El rol que no termina
Lo más revelador vino después de ganar. En la biografía de Vincent, hoy, hay un enlace al “banco de talentos”: la plataforma oficial con la que Espriella recluta a su propio gobierno, más de cien mil hojas de vida cargadas a dos por segundo. El creador que ayer hacía campaña hoy invita a su audiencia a postularse al Estado. De recomendar un champú, a hacer campaña, a amplificar al gobierno instalado. El influencer se volvió una capa permanente de comunicación alrededor del poder, y ya no se baja.
Ese es el salto que Erola nunca dio, porque nunca supo dónde estaba parada. Los otros sí. Y por eso mandan.
Quedan las preguntas, como siempre, sin respuesta y para que las carguen ustedes: ¿quién le hace la pregunta incómoda al poder cuando el que sostiene el micrófono también es militante? ¿Es esto una democratización de la palabra o el nacimiento de un periodismo sin contrapeso? ¿Y si el problema nunca fue que los influencers se metieran en política, sino que aprendieron a hacerlo mejor que nosotros, y no supimos a tiempo si lo que aplaudíamos era una convicción o un guión muy bien escrito?


