El presidente Luis Abinader tomará posesión este domingo como presidente del Partido Revolucionario Moderno (PRM), consolidando un liderazgo que, en los hechos, ya ejercía desde la fundación misma de la organización. La formalización de ese rol no es un gesto simbólico: es el cierre de un ciclo político que comenzó en 2014 y que ahora queda inscrito en la estructura orgánica del partido.
Abinader y el Partido Revolucionario Moderno: una historia que precede al cargo
La relación de Abinader con el Partido Revolucionario Moderno no arranca con esta proclamación. Su familia formó parte de la Alianza Social Dominicana (ASD), la organización que dio origen al PRM en 2014. Desde entonces, Abinader ha sido el único candidato presidencial que ha llevado las siglas del partido a una contienda electoral, compitiendo por primera vez en 2016 y alcanzando la presidencia de la República en 2020, cargo que revalidó en 2024. Esa trayectoria ininterrumpida lo convierte en una figura sin paralelo dentro de la historia del partido, y su proclamación como presidente de la organización —prevista formalmente para septiembre, según la comisión de elecciones del PRM— no hace más que oficializar lo que la dinámica interna ya reflejaba.
Durante los últimos ocho años, José Ignacio Paliza ocupó la presidencia del PRM como figura leal a Abinader, manteniendo el cargo gracias al respaldo directo del mandatario. Paralelamente, la secretaría general del partido funcionó como cuota política del expresidente Hipólito Mejía, cuya familia ha dominado ese espacio: su hija Carolina concluye ahora su período, y será reemplazada por su hijo, Juan Garrigó Mejía. Este equilibrio entre las dos figuras históricas del PRM ha definido la arquitectura de poder interna del partido durante años.
Lo que revela la tradición: presidentes que lideran sus partidos
La decisión de Abinader lo inscribe en una práctica con antecedentes claros en la política dominicana. El expresidente Danilo Medina asumió la presidencia del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) tras dejar el poder en 2020, siendo electo por aclamación en su primer período. Sin embargo, su segundo mandato al frente del partido no fue tan terso: enfrentó la competencia interna de Francisco Domínguez Brito, lo que evidenció las tensiones que pueden surgir incluso dentro de organizaciones aparentemente cohesionadas.
Antes que Medina, Leonel Fernández lideró el PLD desde 2001 hasta 2019, ejerciendo una influencia determinante sobre la estructura del partido durante casi dos décadas. Y en el caso del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), el fallecido Joaquín Balaguer fue su único presidente desde la fundación de la organización en 1965 hasta su muerte en 2002, convirtiendo al partido en una extensión casi personal de su figura política.
El contraste más llamativo lo ofrece el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), cuyos expresidentes —Antonio Guzmán, Salvador Jorge Blanco e Hipólito Mejía— no buscaron presidir nuevamente la organización tras concluir sus mandatos. Jorge Blanco fue presidente del PRD entre 1977 y 1979, antes de ganar las elecciones de 1982, pero no retomó ese rol después de gobernar. Esta diferencia de culturas organizativas entre partidos ilustra que la decisión de Abinader no es automática ni universal: es una elección política con consecuencias sobre el futuro del Partido Revolucionario Moderno.
El dato que define el momento: aclamación sin competencia
Abinader asumirá la presidencia del Partido Revolucionario Moderno por aclamación, sin competencia interna. Ese detalle no es menor. Refleja el nivel de control que el presidente ejerce sobre la organización y, al mismo tiempo, plantea una pregunta de fondo sobre la institucionalidad del partido: ¿puede una estructura política madurar cuando su liderazgo no se disputa? La historia reciente del PLD, con sus fracturas internas y la eventual escisión que dio origen a Fuerza del Pueblo, ofrece una advertencia implícita sobre los riesgos de la concentración de poder. Abinader, que conoce esa historia de cerca, asume ahora el reto de conducir un partido que lleva su apellido político desde el primer día.

