Deivy se desangró mientras alguien grababa. Culparon a las redes sociales. Y nadie preguntó lo que importa: ¿quién nos enseñó a usarlas?
Por: Pedro Morales — Consultor en IA, automatizaciones y marketing digital con experiencia en gestión de crisis, director ejecutivo del grupo de medios La Nave Digital, fundador del periódico digital Liderazgo Noticioso y de la agencia de automatizaciones IA Liderazgo Digital MS.
¿Cuándo fue exactamente que aprender a usar una herramienta que cambia todo se volvió opcional?
El pasado 17 de abril, Deivy Carlos Abreu Quezada, chofer de un camión recolector de basura en Santiago, fue perseguido tres kilómetros por una turba de motoristas tras un incidente de tránsito y apuñalado en el estacionamiento del Palacio de Justicia. Sus últimas palabras fueron: “No me dejen morir.” Mientras se desangraba, alguien sacó el teléfono. Los videos se hicieron virales. Y el país, en el arranque de indignación que ya conocemos, señaló al algoritmo, al like, a las redes sociales.
La herramienta no sacó el teléfono
El diagnóstico que se instaló en los días siguientes es cómodo y viejo: la culpa es de las redes sociales, de la cultura del contenido, del morbo que premia el algoritmo. Es un diagnóstico que absuelve a todos porque culpa a una herramienta. Las redes sociales no sacaron el teléfono. No decidieron grabar en vez de auxiliar. Lo hizo una persona. Y esa persona, como millones de dominicanos, aprendió a usar esas redes sin que nadie le enseñara dónde termina el testigo y dónde empieza el cómplice.
La charla que nadie quiso financiar
Hace algunos años, uff muchos años atrás, en el año 2015 empecé con el diseño de una formación que titulé “Las redes sociales para niños y adolescentes desde el núcleo familiar.” Era básica, intencionalmente básica. Construida para dos públicos distintos con el mismo vacío: los adolescentes, para que ellos pudieran orientar a sus padres que vivieron la irrupción de las redes sin entenderlas; y los padres, para que aprendieran a poner límites a hijos que nacieron con las redes ya instaladas como parte del paisaje cotidiano.
En esa charla hablábamos de cosas que entonces sonaban exageradas y hoy parecen urgentes. Una adolescente que envía una fotografía íntima a un novio y años después esa imagen destruye su carrera o, en casos que ya conocemos, termina en algo peor. Qué tipos de contenido pertenecen al álbum familiar del cajón y cuáles se disparan al mundo entero sin retorno. Los límites de edad que las propias plataformas establecen y que los padres saltan sin pensarlo cuando le abren un perfil a un niño de seis años para que se entretenga y no interrumpa la película.
Un ejemplo que usaba con frecuencia: una abuela que toca los labios de un bebé con una gota de cava en la cena de Navidad es una foto para el álbum de la familia. Poner una botella de cerveza vacía a pico de botella en la boca de ese mismo bebé para subirlo a Facebook llevó a padres dominicanos a enfrentar cargos penales. La diferencia entre los dos actos no es moral: es la audiencia. Y nadie les había enseñado que publicar es elegir audiencia.
Cuando presenté esa propuesta a quienes podían impulsarla, la respuesta fue siempre la misma: “Qué buena idea.” Aplausos. Sonrisas. Y después, nada. Nadie dijo: vamos a hacerlo.
Ese “nadie dijo vamos a hacerlo” tiene consecuencias. Tiene nombre. Y a veces, tiene un video viral.
La historia que ya empieza a repetirse
Las redes sociales llegaron rápido. Sin libro de instrucciones, sin asignatura en las escuelas, sin un régimen de consecuencias legales actualizado. Hoy en la República Dominicana, los delitos tecnológicos la extorsión por imágenes íntimas, la suplantación de identidad siguen procesándose con leyes escritas para otro siglo. La tecnología fue siempre diez pasos por delante del legislador, y la educación nunca alcanzó a ninguno de los dos.
Pero si las redes llegaron rápido, la inteligencia artificial está llegando a la velocidad de la luz. Y el patrón se repite con una precisión perturbadora: mientras muchos dominicanos conviven todavía con el analfabetismo digital sin entender bien qué es un algoritmo, qué pasa con sus datos, cómo funciona la viralidad, la inteligencia artificial ya está instalada en sus teléfonos, en sus puestos de trabajo, en sus conversaciones del día a día. Tomando decisiones que los afectan sin que ellos lo sepan.
Llevo meses advirtiendo que necesitamos educación en el buen uso de la inteligencia artificial antes de que sea demasiado tarde para corregir los hábitos que estamos construyendo hoy. Antes de que los malos usos se vuelvan cultura. La respuesta, previsiblemente, sigue siendo la misma: “Qué buena idea.”
¿Cuántos Deivy más necesitamos para entender que la ausencia de educación digital no es un problema cultural sino una decisión política?
¿Cuántas carreras destruidas, cuántos chantajes, cuántos suicidios silenciosos antes de que alguien con poder real diga “vamos a hacerlo”?
¿Estamos esperando que la inteligencia artificial genere también su propia tragedia viral para empezar a enseñar cómo usarla?
¿O cuando finalmente nos demos cuenta, ya habremos normalizado tanto el daño que no recordemos que alguna vez alguien advirtió que no teníamos que llegar hasta aquí?


