Por: Pedro Morales: Consultor en inteligencia artificial, marketing digital, fundador de la agencia de automatizaciones IA Liderazgo Digital MS, director ejecutivo de la plataforma de medios “La Nave Digital”.
La política no perdona los anacronismos, y mucho menos los errores de “timing” geopolítico. Mientras el Hemisferio Occidental se estremece con la captura de Nicolás Maduro en una operación relámpago de los Estados Unidos —marcando el fin de una era de tibiezas y el inicio de una hegemonía de “mano dura” liderada por Washington—, en la República Dominicana, el candidato que parecía llamado a heredar el favor de la nueva derecha dominicana con la influencia de la derecha de EEUU, acaba de cometer un error de manual.
Omar Fernández, quien con astucia había logrado cultivar una imagen de joven conservador, pro-vida y defensor de la soberanía, ha decidido retratarse con Bill Clinton. No es solo una foto; es un manifiesto de confusión estratégica.
El fantasma de la Agenda 2030
En un momento donde la República Dominicana ve nacer una derecha que apenas empieza a dar sus primeros pasos, pero que lo hace con una sed insaciable de autenticidad, la figura de Clinton representa todo lo que esa base rechaza. Clinton es el rostro del “establishment” demócrata, el arquitecto de un globalismo que hoy es visto como el caballo de Troya de la cultura woke y de las imposiciones de la Agenda 2030.
¿Cómo puede un candidato que aspira a representar el orden y la tradición dominicana buscar la bendición de los sectores que han promovido el libertinaje ideológico y la disolución de las fronteras nacionales? La contradicción es absoluta.
El contraste venezolano y el factor Trump
El timing no podría ser más desastroso. Mientras la administración Trump demuestra en Venezuela que la era de la diplomacia de “guante de seda” de los Clinton y Obamas ha muerto, Omar Fernández parece estar buscando refugio en un pasado que ya no tiene poder de fuego.
La derecha de Estados Unidos, que hoy celebra la caída del chavismo como un triunfo de la firmeza republicana, difícilmente verá con buenos ojos a un aliado que, en el momento de la verdad, elige alinearse con los símbolos del liberalismo progresista. La “derecha en pañales” dominicana, que miraba a Omar como su opción viable, hoy se pregunta si está ante un líder con convicciones o simplemente ante un continuador del pragmatismo globalista de su padre, Leonel Fernández.
¿2028: Una puerta cerrada?
Omar Fernández ha intentado un juego de equilibrio peligroso: ser lo suficientemente conservador para ganar en RD, pero lo suficientemente “liberal-friendly” para ser aceptado en los cócteles de Washington. Pero en el 2026, el mundo ya no es gris; es de contrastes fuertes.
Al abrazar a Clinton en medio del colapso de la izquierda regional en Venezuela, Omar no solo ha enviado un mensaje de tibieza; ha dejado una vacante. El espacio para un candidato de derecha pura, sin compromisos con la agenda globalista, ha quedado abierto.
Si Omar Fernández no rectifica con una contundencia que borre el rastro de esa foto, es muy probable que para el 2028 descubra que, en su intento por agradar a los arquitectos del viejo orden, terminó cerrándose las puertas del nuevo mundo que se está construyendo. En política, el que intenta estar en dos sitios a la vez, termina no estando en ninguno.



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