Por: Miguel Ángel Pantaleón Lizardo. (Panta Lizardo). Estudié Derecho en la Facultad de Derecho de la UNAM – Pluma Verde, con Panta Lizardo.
Una voz sutil, serena y confiada le dice al juez que tiene miedo. Y, a pesar de ello, sus labios no se detienen y transmiten con firmeza el dolor que enfrenta.
Esto podría ser el argumento para el desarrollo de una novela poética. Podría ser, incluso, una voz extraña, ausente, excepcional, imaginaria o un aliento de la humanidad. Pero no, es algo más complejo. Es la voz de todas las víctimas y ofendidos que dan su testimonio sobre la tragedia innombrable que marcó la alegría de un pueblo.
Hablar de la tragedia del Jet Set es hablar desde el dolor, y me atrevo a hacerlo con el debido respeto que merecen los afectados, a quienes extiendo un abrazo fraterno y solidario.
Si contextualizamos el ambiente del tribunal, se puede percibir polarización, incertidumbre y desconfianza ante un proceso judicial predecible: poder, dinero, consorcios y privilegios contra víctimas, contra el pueblo. Juan Bosch lo llamaría “el póker del espanto judicial”.
Todo ocurre en el Caribe, donde por primera vez se alzó la voz en favor de los desposeídos. República Dominicana, cuna del clamor por la justicia en América. En 1511, la Orden de los Dominicos elaboró el Sermón de Adviento y aquel insigne discurso fue pronunciado en la voz de Fray Antón de Montesinos. No es casual que él lo haya pronunciado, porque Montesinos gozaba de buena reputación como orador.
Hablar de esto 515 años después tiene un propósito introspectivo. Este es un ejercicio necesario —hoy más que nunca— en la contemporánea cultura jurídica de la República Dominicana.
Cada una de las víctimas del Jet Set que ha subido al estrado expresa su postura con buena dicción, conciencia y fe en la justicia. Con ese simple acto procesal diluyen el discurso de los operadores jurídicos, dando la impresión de que los profesionales del derecho son innecesarios e inoperantes, salvo honrosas excepciones.
Es evidente que nuestros abogados poseen, en muchos casos, un lenguaje reducido, prepotente, insulso, desafiante, atávico e inculto. Bastaría con verlos balbucear frente a los medios de comunicación y en las redes sociales. No es que antes esto no pasara; es que estamos viviendo una era digital donde la fluidez de la información es masiva y esos errores circulan con ligereza.
Gilles Lipovetsky lo llama “hipermovilidad digital nómada”, que se ha convertido en cultura: un mundo ligero, efímero, simple y veloz. Veamos cómo lo dice: “La ligereza no se limita ya a ser una dulce divagación poética. Describe nuestra cotidianidad tecnológica, un universo transistorizado y nómada”. Este es el mundo en que vivimos y el abogado no es ajeno.
¿Qué está pasando en el gremio? ¿Qué tan reducido debe ser el discurso jurídico? ¿Cómo afecta esto a la credibilidad de los juristas? ¿Qué se está enseñando en las escuelas de Derecho?
No tengo respuestas para estas preguntas ni para las que puedan surgir. Además, sería injusto hablar de esto sin reconocer que existen abogados brillantes, lúcidos y profesionales, que se caracterizan por ser grandes maestros y que, desde las sombras, aportan mucho a nuestra amada República.
Me llega a la mente el recuerdo de los elogios que recibían los juristas dominicanos por su alto dominio de la oratoria. Hombres impolutos ante los ojos del pueblo, que recitaban versos, aforismos y metáforas. Abogadas y abogados que clamaban justicia como lo hizo Montesinos, a riesgo de sus propias vidas.
Al enfrentarse al poder, invocaban al juez humanista, recitaban jurisprudencias y dogmas de memoria, y hasta recurrían a los dioses. Y también me llegan a la mente las muchas veces que escuché historias de jueces que se quedaban dormidos y, al despertar, dejaban caer el mazo condenando a pena máxima a los más jodidos. Jueces que condenaban a treinta años al que robaba un lápiz. No estoy invocando a ese tipo de juez; no los necesitamos.
Pedro Henríquez Ureña, filólogo, crítico y abogado, estaba preocupado por la educación del abogado. Él entendía que los planes de estudios de leyes debían ser amplios y abarcar temas sociológicos, económicos, históricos, filosóficos y de otras importantes áreas del conocimiento.
A su vez, cuestionaba que en las universidades latinoamericanas los abogados ignoraban la utilidad de un aprendizaje integral. También cuestionaba la forma de enseñanza vertical, donde el maestro establecía una especie de monólogo.
Es decir, se requiere fortalecer la enseñanza de la retórica y los conocimientos sobre las herramientas literarias. De ahí la pertinencia de la adopción de la disciplina complementaria “Derecho y Literatura”.
Dichos estudios multidisciplinarios se preguntan: ¿qué puede aprender el Derecho de la Literatura? Y también se preguntan qué puede aportar al mundo jurídico la construcción de un nuevo tipo de precursor del derecho.
El Dr. Manuel de Jesús Jiménez Moreno habla sobre la importancia de tener en nuestras sociedades jueces y abogados con altos conocimientos de las artes humanísticas, capaces de interconectar el derecho con la filosofía, la poesía y las letras. Desde su perspectiva, urge humanizar el ecosistema jurídico.
Afortunadamente, en la República Dominicana se creó el Comité Dominicano Pro Fomento de Derecho y Literatura. Un cuerpo integrado por los juristas David La Hoz, Basilio Belliard, Julio Cuevas, Hermógenes Acosta y Rafael Ciprián.
Abogados comprometidos y convencidos de que la enseñanza del Derecho puede ser mejor. Maestros y amigos a quienes me siento honrado de conocer, y de saber que trabajaremos con firmeza para que el barco jurídico-literario llegue a buen puerto.


