Por: Pedro Morales — Consultor en IA, automatizaciones y marketing digital con experiencia en gestión de crisis, director ejecutivo del grupo de medios La Nave Digital, fundador del periódico digital Liderazgo Noticioso y de la agencia de automatizaciones IA Liderazgo Digital MS.
¿Cuántos miembros del cuarteto que va a diseñar la transformación educación dominicana del futuro podrían explicarle hoy, sin titubear, a un alumno de bachillerato qué es un agente de inteligencia artificial? La pregunta no es retórica. Es la prueba más simple para medir si el Decreto 309-26, recién emitido por el presidente Luis Abinader, está a la altura del problema que dice resolver.
El decreto crea la Comisión Ejecutiva para la Transformación Educativa con un objetivo declarado: rediseñar el sistema educativo dominicano para articularlo con la ciencia, la tecnología y la innovación. Hasta ahí, todo bien sobre el papel. La incomodidad empieza cuando uno lee quiénes la integran. Cuatro figuras del aparato ministerial, Educación, Educación Superior, Administración Pública e INFOTEP y ni un solo perfil de quienes hoy construyen, integran o auditan tecnología en el país o los especialistas que manejan la IA y que ya son proveedores de esta tecnología a empresas e instituciones. Los considerandos hablan de “los cambios científicos, tecnológicos, sociales y económicos del siglo XXI”, pero las palabras “inteligencia artificial”, “alfabetización digital” y “pensamiento computacional” no aparecen ni una sola vez en el texto del decreto. La omisión, en este tema, no es estilística. Es ideológica.
La calculadora, el celular, la IA
Cada vez que aparece una herramienta que cambia las reglas del juego, la primera reacción colectiva es el miedo a la propia herramienta. Con la calculadora se dijo que íbamos a olvidar las matemáticas. Con el celular se dijo que íbamos a perder la atención. Ahora se dice que la IA va a hacernos tontos. Es la misma canción, con instrumentos distintos. Y siempre ha sido falsa por la misma razón: la herramienta no es la amenaza; el analfabeto frente a la herramienta sí lo es.
La inteligencia artificial bien usada no nos vuelve tontos. Nos vuelve más rápidos, más críticos y, sobre todo, más exigentes con nuestro propio criterio. El profesional que aprende a interrogar a un modelo, a verificar sus respuestas y a producir con él diez veces más en la mitad del tiempo, no se está degradando: se está volviendo competitivo. El otro, el que la rechaza por orgullo, por miedo o por inercia, es el que se queda atrás. Es así de simple y así de incómodo.
El debate, entonces, no es si la IA debe entrar al aula. Ya entró. Entró por la puerta del celular del estudiante, sin pedir permiso al ministerio. La pregunta verdadera es quién la va a enseñar a usar bien.
El docente que no fue invitado a la conversación
Aquí está el agujero más serio del decreto. Mientras se redactan considerandos sobre el futuro, en muchas aulas dominicanas el presente todavía no llegó. Hay maestros que no manejan una hoja de cálculo, que no saben distinguir una imagen real de una generada con IA, que no podrían reconocer un intento de phishing si lo tuvieran enfrente. No es culpa suya. Es el resultado de un sistema que durante décadas trató lo digital como una asignatura optativa para “el profe de informática”, no como una alfabetización transversal que atravesara cada materia.
Hace algunos años intenté aportar algo modesto a esta conversación: un taller titulado “El buen manejo de las redes sociales para niños y adolescentes”. Tuvo poco apoyo. Defendí entonces, y lo sigo defendiendo, que el uso ético de las redes debía ser una asignatura formal, enseñar, por ejemplo, que una foto enviada en privado deja de ser privada en el segundo en que el receptor decide compartirla, o qué tipo de imágenes evitar para no quedar expuesto. No lo cuento con orgullo. Lo evidente llegó tarde, y eso no se aplaude: se diagnostica.
Hoy el problema escaló de nivel. Ya no se trata solo de redes sociales. Se trata de estudiantes que usan IA para hacer tareas que sus maestros no pueden detectar, ni mucho menos orientar pedagógicamente. El decreto no menciona la formación digital docente como prioridad explícita. Y sin docentes digitalmente alfabetizados, cualquier reforma curricular se queda en el papel donde fue escrita.
Seis meses son una eternidad y un suspiro
El plazo de seis meses para entregar el anteproyecto de Ley de Educación tiene dos lecturas, y ambas son incómodas. En el ritmo de la burocracia dominicana, seis meses son una consulta superficial y dos rondas de comités. En el ritmo de la inteligencia artificial, seis meses son un siglo: los modelos que hoy lideran el mercado no existían hace seis meses, y los que existirán en seis meses todavía no se han anunciado.
Hay además un detalle que casi nadie está señalando: este decreto deroga al 580-24 de 2024, que pretendía fusionar los ministerios de Educación y Educación Superior. En diecinueve meses se pasó de “vamos a fusionar” a “vamos a articular mediante una comisión”. Eso no es un ajuste técnico. Es un retroceso de ambición disfrazado de avance metodológico.
Y aquí va la propuesta, no la queja. Si la propia comisión usara las herramientas que dice querer enseñar, ese anteproyecto podría redactarse en cuestión de días. Bastaría con incorporar a los comités consultivo y técnico a profesionales que vivan dentro del ecosistema digital, desarrolladores, especialistas en IA aplicada a educación, docentes que ya están experimentando con estas herramientas en sus aulas, hacer las preguntas correctas a los modelos disponibles, y validar con expertos humanos. Lo que hoy se postergará un semestre, podría tener un primer borrador robusto antes de fin de mes. La ironía es total: para legislar la educación de la era de la IA, el Estado dominicano avanza al ritmo con el que se legislaba la educación cuando el aula era una pizarra y un piso de tierra.
Las preguntas que el cuarteto debería responder
¿Puede una comisión sin un solo perfil tecnológico diseñar la educación de la era de la inteligencia artificial? ¿Vamos a esperar seis meses por un anteproyecto que la propia tecnología que se quiere regular permitiría escribir en horas? ¿Cuándo vamos a entender que el problema no es que la IA piense por nosotros, sino que sigamos formando estudiantes y docentes que no piensen con ella? ¿Y cuando dentro de tres años, después del anteproyecto, las consultas, los debates legislativos y los reglamentos, ese sistema educativo finalmente llegue al aula, qué tecnología estaremos enseñando: la del futuro, o la del pasado de nuestros nietos?


