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Román Ramos: legado empresarial en el Grupo Ramos

Román Ramos: legado empresarial en el Grupo Ramos

El fallecimiento de Román Ramos Uría deja un vacío en el empresariado dominicano que difícilmente podrá llenarse. Para entender la dimensión de ese legado, basta con escuchar sus propias palabras: las de un joven asturiano que llegó a Santo Domingo con diecisiete años, ochenta pesos de salario y la certeza inquebrantable de que triunfaría. Lo que construyó después es la historia del Grupo Ramos, uno de los conglomerados comerciales más reconocidos de la República Dominicana. El Día recupera aquí una entrevista publicada en 2022 dentro de la serie Robles, donde el propio empresario narró sus inicios con una franqueza que pocas veces se escucha en los salones del poder económico.

De Asturias a Santo Domingo: lo que empujó a Román Ramos a cruzar el Atlántico

Román Ramos Uría nació el 18 de octubre de 1941 en Pola de Allande, una pequeña localidad de Asturias, en el hogar de Jesús Ramos Zardaín y Rogelia Uría. Su familia tenía un negocio de textiles, pero su vínculo con ese mundo fue periférico durante la infancia: la escuela primaria y un internado en Oviedo ocuparon sus primeros años. Consideró estudiar veterinaria por su amor a los animales, pero algo cambió cuando comenzó a observar a otros españoles que habían emigrado a Puerto Rico y República Dominicana. Analizó el comercio textil, evaluó las oportunidades y tomó una decisión que marcaría el resto de su vida.

Como tantos compatriotas suyos en la posguerra civil española, Ramos eligió América como destino. No lo hizo desde la desesperación, sino desde el cálculo. Llegó a Santo Domingo convencido de que lo lograría, una convicción que, según él mismo reconoció, nunca abandonó ni siquiera cuando las circunstancias lo pusieron a prueba con no una sino dos quiebras a lo largo de su trayectoria.

Los primeros pasos del Grupo Ramos: barrer, despachar y aprender

La acogida inicial corrió a cargo de familiares en la capital, y su primera residencia fue la pensión Covadonga. Desde allí comenzó a construir su camino con las herramientas que tenía: trabajo físico, observación y disciplina. Sus primeros empleos lo llevaron a una fábrica de medias y luego a un almacén donde sus funciones eran tan variadas como humildes: barrer, despachar mercancía, rotular productos y entregarlos en tiendas de la ciudad. Todo eso por ochenta pesos dominicanos mensuales, de los cuales sesenta se iban en el alquiler de la pensión.

Después de poco más de dos años en el almacén de González, llegó su primer ascenso: la administración de una tienda en la calle El Conde. El salario subió a cien pesos, aunque buena parte de ese ingreso se enviaba a su familia en España. Las dificultades con las ventas y los precios de los productos básicos eran constantes, pero Ramos las asumía como parte del proceso, no como señales de fracaso. Tardó doce años en regresar a Asturias, y cuando lo hizo fue acompañado de su esposa, María del Carmen Fernández, y sus tres hijos. No como el emigrante que partió, sino como el empresario que había comenzado a construir algo sólido.

La Sirena y el nacimiento de una visión comercial que transformó el país

El 15 de abril de 1963 marcó un punto de inflexión en la historia de lo que eventualmente se convertiría en el Grupo Ramos. Ese día, Román Ramos comenzó a trabajar en La Sirena, con un salario de 150 pesos mensuales. Él mismo describió esos primeros años como difíciles, pero la dificultad nunca fue para él sinónimo de derrota. Era, en todo caso, el precio de entrada a algo más grande.

Con el tiempo, la familia creció. A los tres hijos iniciales se sumaron Ana María y Laura, y todos fueron incorporados al negocio desde pequeños, en una decisión pedagógica que Ramos defendió con convicción:

  • Algunos hijos vendían fantasías en la tienda.
  • Otros colaboraban con el inventario y las operaciones internas.
  • La combinación de estudio y trabajo fue el eje de su formación.

“Los traía al trabajo desde pequeños”, explicó Ramos en la entrevista, subrayando que esa inmersión temprana forjó el carácter de sus hijos y facilitó la transición generacional sin las fricciones que suelen acompañar a los relevos en las empresas familiares. No fue un accidente: fue una estrategia de largo plazo ejecutada con la misma paciencia con la que había construido todo lo demás.

El legado del Grupo Ramos: lo que permanece cuando el fundador ya no está

La trayectoria de Román Ramos Uría es, en muchos sentidos, un espejo de la historia empresarial dominicana de la segunda mitad del siglo XX. Un inmigrante que llegó sin capital pero con claridad de propósito, que sobrevivió a dos quiebras sin perder la convicción, que construyó una cadena comercial de referencia nacional y que tuvo la inteligencia de preparar a sus sucesores antes de que la sucesión fuera urgente. El Grupo Ramos no es solo una empresa: es el resultado de décadas de decisiones tomadas desde la disciplina y la visión de quien nunca confundió el punto de partida con el destino.

Su fallecimiento cierra un capítulo, pero el legado que dejó en el tejido empresarial de la República Dominicana —y en la familia que formó y preparó para continuar— es la prueba más elocuente de que los imperios que perduran no se construyen de golpe, sino barrendero a barrendero, tienda a tienda, generación a generación.

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