Por: Pedro Morales — Consultor en IA, automatizaciones y marketing digital con experiencia en gestión de crisis, director ejecutivo del grupo de medios La Nave Digital, fundador del periódico digital Liderazgo Noticioso y de la agencia de automatizaciones IA Liderazgo Digital MS.
¿Qué dice de un partido de más de tres millones de miembros que nadie, absolutamente nadie, haya querido aspirar a su presidencia?
A la Secretaría General del PRM se anotaron varios aspirantes. A la presidencia, ninguno. Y un cargo al que nadie se postula, en una organización de ese tamaño, no es un cargo vacante: es un cargo apartado. Esa silla sin competidores cuenta la verdadera historia de lo que ocurre hoy dentro del partido de gobierno.
El 15 de mayo, la Dirección Ejecutiva del PRM anunció que someterá a su Convención Nacional una propuesta para extender los mandatos vigentes: hasta un año la dirección nacional, hasta dos años las estructuras territoriales y sectoriales. La convención de junio, que debía renovar autoridades con el voto de la militancia, no se celebraría. El argumento es la coyuntura económica e internacional. Suena responsable. Pero hay una cronología que el comunicado no cuenta.
El PRM creó una Comisión de Consenso para que los aspirantes pactaran sus cargos sin votar. Esa comisión nunca entregó su informe y el plazo se venció. Ahora la falta de tiempo se ofrece como razón para no ir a las urnas: se dejó morir el reloj y después se invocó la hora. El diputado Eugenio Cedeño, aspirante a la Secretaría General, lo resume con precisión jurídica: los estatutos obligan a preparar la convención con un año de antelación, y nadie puede alegar como excusa un incumplimiento que él mismo provocó.
Un comunicado que se desmiente solo
Hay que reconocerlo: el comunicado está bien escrito. Quien ha trabajado en gestión de crisis reconoce la técnica. Se eleva la apuesta, el contexto internacional, la estabilidad del país, para que, a su lado, la renovación interna parezca un detalle menor. Se escoge un vocabulario corporativo “compromisos asumidos”, “mecanismos institucionales” que suena a gerencia ordenada. Y se remata con la frase que lo resume todo: los temas internos pueden esperar.
Ahí está el error. Para un partido político, la democracia interna no es un “tema interno”: es el tema. Es lo único que lo separa de un club de socios. Un documento que pide aplazar el voto de su militancia y, líneas después, se autoproclama “organización democrática”, no convence: se contradice en voz alta.
El partido que se administra
Conviene ser honesto sobre el fondo, porque mi crítica no es al destino: es al camino.
Desde hace tiempo he sostenido, en entrevistas y conversaciones, que Luis Abinader no podía asumir la presidencia del PRM en estas elecciones internas. Paliza, ministro de la Presidencia, y Carolina Mejía, alcaldesa del Distrito Nacional, ya demostraron que un cargo de Estado de esa envergadura no se compagina con dirigir el partido: el resultado fue una organización conducida por delegación, atendida a ratos, con su cúpula a medio presente. Y un partido que se dirige por delegación no se dirige: se administra.
El propio comunicado lo confirma sin proponérselo. Si el país atraviesa dificultades y el gobierno debe cerrar bien su gestión para buscar la continuidad en 2028, entonces es imposible que Abinader presida el partido antes de agosto de ese año. La razón que el PRM da para congelar los mandatos es, palabra por palabra, la razón por la que el desenlace que prepara no puede ocurrir todavía.
Yo había planteado que lo sensato era un acuerdo de transición: que alguien ocupara el cargo hasta 2028 y luego cediera el paso a Abinader. No parece que estuviera muy desencaminado. La cúpula llegó al mismo lugar, pero no lo llamó transición: lo llamó estabilidad. Y aunque hablan de “un año” para la dirección nacional, las demás estructuras se extienden dos, hasta pasada la elección presidencial. El “un año” es la cifra presentable; el calendario real apunta al 28.
Y conviene decir lo que pocos dicen en voz alta. Quien controla las estructuras internas de un partido no controla un organigrama: controla la antesala de la candidatura presidencial. Las direcciones provinciales, municipales y sectoriales son las que pesan a la hora de escoger al abanderado de 2028, y todo aspirante a esa nominación lo sabe. La guerra fratricida que muchos veíamos venir en el PRM nunca fue por los cargos en sí: era por quién llegaría a esa cita con el tablero ya armado a su favor. Extender los mandatos no congela una crisis: congela una ventaja.
El destino tiene lógica; lo que no la tiene es el método. Existía una vía democrática para llegar al mismo punto: poner la hoja de ruta sobre la mesa y dejar que la militancia la votara y la legitimara. Como escribió el aspirante Aneudy de León tras conocerse el comunicado, un partido “no se decide por acciones, sino por votos”. Que la frase venga de alguien que aspira al cargo congelado no la debilita: cuando el interés propio y el principio coinciden, el principio sigue siendo verdad.
La promesa de 2020
Vale la pena recordar de dónde venimos. Rumbo a 2020, muchas figuras del viejo PRD cruzaron al PRM con acuerdos: llegaban con su mismo cargo de zona, municipio o provincia, con el apellido de “adjunto”, y unas elecciones internas le daban al partido el derecho de llamarse democrático, lo contrario de lo que se le reprochaba al PLD o la razón por la cual nació el PRM en una ruptura del histórico PRD. Jóvenes y veteranos esperaron su turno para tener voz adentro.
Se prometió también que el PRM, con el mayor presupuesto que entrega la Junta Central Electoral, tendría locales abiertos a sus bases: casas de partido para la tertulia y la partida de dominó, para la vida política de todos los días. Esa parte no la he visto. La mayoría de esos locales son espacios cerrados que solo se abren para reuniones puntuales cuando se acerca una elección. Un local que únicamente abre en campaña no es la casa de un partido: es su decorado.
No es un detalle aislado. Guido Gómez Mazara, desde la propia Dirección Ejecutiva, recordó que el 48 % de abstención en las últimas elecciones mide el desencanto del ciudadano con los partidos. El PRM propone blindarse hacia adentro justo cuando el país empezó a soltarle la mano.
Quizá la pregunta no sea si la Convención aprobará la propuesta. Quizá las preguntas sean otras. ¿Puede un partido pedir paciencia a sus bases mientras les retira el voto? ¿Es la democracia interna un valor del PRM, o apenas el argumento que usó para distinguirse del adversario? ¿Y cuando el reloj vuelva a marcar la hora en 2028, en 2030, quién le recordará a la militancia que hubo una convención que pudo celebrarse, y que se decidió, sencillamente, no celebrarla?


