Cuatro integrantes de una misma familia recibieron sepultura este domingo en Kenscoff, Haití, en un funeral que se convirtió en símbolo del dolor colectivo de una comunidad devastada. La ceremonia tuvo lugar exactamente una semana después de la masacre en Haití que cobró la vida de al menos 47 personas en esa localidad, víctimas de un ataque perpetrado por bandas armadas que continúan operando con impunidad en el país caribeño.
Un adiós marcado por el dolor y la rabia contra las autoridades
La Iglesia Bautista Conservadora de Kenscoff fue el escenario donde cientos de vecinos, familiares y amigos se reunieron para rendir homenaje a las cuatro víctimas. Más allá del luto, la ceremonia estuvo cargada de indignación: las familias no solo lloraron a sus muertos, sino que alzaron la voz para denunciar la inacción de las autoridades frente a la escalada de violencia que azota la región. Para muchos de los presentes, el Estado haitiano ha fallado en su obligación más básica: proteger a sus ciudadanos.
El ataque que desencadenó este funeral no dejó solo cadáveres. Según información proporcionada por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), un total de 60 personas fueron secuestradas durante la ofensiva. El pasado viernes, seis niños y siete mujeres fueron liberados, un alivio parcial que no borra la magnitud de lo ocurrido ni disipa la incertidumbre sobre el destino del resto de los cautivos.
Lo que revela Unicef sobre la masacre en Haití y los niños en riesgo
En un comunicado emitido tras la liberación de los menores, Unicef fue contundente: el secuestro en Kenscoff “no fue un incidente aislado”. La organización lo describió como un reflejo de la gravedad y la frecuencia con que los niños haitianos son blanco de ataques armados. Asesinatos, secuestros y otras violaciones graves forman parte de una realidad cotidiana para miles de menores en el país, advirtió el organismo, que instó a los grupos armados a cesar de inmediato estos ataques y a garantizar la protección de quienes permanecen en su poder.
El llamado de Unicef no llega al vacío, pero sí a un contexto donde las palabras de los organismos internacionales han tenido escaso efecto disuasorio. Las bandas armadas que operan en Haití han demostrado una capacidad de acción que supera con creces la respuesta institucional, y Kenscoff es apenas el episodio más reciente de una cadena de violencia que no da señales de detenerse.
Una crisis que acumula miles de víctimas en lo que va del año
El contexto en el que se inscribe esta masacre en Haití es devastador. Según datos actualizados de la ONU publicados esta semana, en los primeros seis meses del año se registraron al menos 3,050 muertes y 1,401 heridos como consecuencia directa de la violencia armada en el país. Las bandas controlan amplias zonas de la capital y han extendido su radio de acción hacia localidades como Kenscoff, que hasta hace poco se consideraban relativamente seguras.
Este deterioro ocurre en un momento políticamente sensible: Haití tiene previsto celebrar elecciones generales el 13 de diciembre de 2026, un proceso que enfrenta serias dudas sobre su viabilidad en medio de la inseguridad generalizada. La capacidad del Estado para organizar comicios creíbles en un territorio donde las bandas armadas dictan las condiciones de vida de millones de personas es, hoy por hoy, una pregunta sin respuesta clara.
Mientras tanto, en Kenscoff, las familias enterraron a sus muertos y esperan respuestas que no llegan. El funeral de este domingo no fue solo un acto de despedida: fue también un recordatorio de que la masacre en Haití sigue sin justicia, y de que la comunidad internacional aún no ha encontrado la fórmula para frenar una crisis que se profundiza semana a semana.

