Santiago Riverón, alcalde de Dajabón, dio un giro notable en su postura: reconoció públicamente que se equivocó al dudar de que Nayib Bukele pudiera tener éxito en Haití sin el respaldo directo de Estados Unidos. La admisión no es menor viniendo de un funcionario fronterizo que vive de cerca las consecuencias del caos haitiano, y llega en un momento en que las propias bandas criminales habrían comenzado a solicitar diálogo con las autoridades.
El error que Riverón decidió reconocer
El alcalde de Dajabón explicó que su escepticismo inicial partía de una premisa concreta: sin el apoyo logístico y político de Washington, ninguna intervención exterior podría doblegar a las estructuras criminales que controlan amplias zonas de Haití. Sin embargo, los hechos lo llevaron a reconsiderar esa lectura. «Realmente vemos que sí puede tener éxito, porque vemos ya a los principales cabecillas de las bandas pidiendo cacao», declaró Riverón, usando la expresión coloquial para referirse a que los líderes armados están buscando negociar.
Ese detalle, aparentemente menor, tiene un peso simbólico significativo: que los jefes de las bandas soliciten diálogo implica que perciben una presión real sobre sus operaciones, algo que las misiones internacionales previas no habían conseguido generar con la misma intensidad. Para Riverón, eso es evidencia suficiente de que el enfoque del presidente salvadoreño está produciendo resultados tangibles sobre el terreno.
Bukele en Haití y el fracaso que nadie quiere nombrar
Uno de los argumentos más contundentes del alcalde apunta directamente a la comunidad internacional. Riverón señaló que Bukele en Haití ha expuesto las limitaciones de décadas de intervenciones multilaterales: «Ha dejado en vergüenza a la ONU y a todos los estamentos internacionales, porque con todas esas misiones que han hecho en Haití nunca pudieron poner a raya a las bandas criminales», afirmó sin rodeos.
La crítica tiene sustento histórico. Desde la misión MINUSTAH, que operó entre 2004 y 2017, hasta la actual Misión Multinacional de Apoyo a la Seguridad (MSS) liderada por Kenia, los resultados en términos de control territorial han sido limitados frente a la expansión de grupos como el Viv Ansanm, la coalición de bandas que llegó a controlar más del 80% de Puerto Príncipe. En ese contexto, cualquier señal de retroceso de las bandas adquiere una dimensión política que va más allá de Haití.
Riverón también planteó una lectura geopolítica del papel de Bukele: «Yo creo que Bukele está siendo utilizado como una punta de lanza para este tipo de situaciones», indicó, sugiriendo que el presidente salvadoreño podría convertirse en un modelo exportable para países donde los organismos internacionales han demostrado no tener capacidad de respuesta efectiva contra el crimen organizado.
Una propuesta que genera tanto respaldo como controversia
Sin embargo, el discurso de Riverón no se limitó a elogiar la estrategia de Bukele. El alcalde fue más allá y formuló una propuesta propia que, por su radicalidad, no pasó desapercibida. Sugirió que para eliminar los incentivos del crimen en Haití, las bandas deberían ser «desaparecidas» junto con sus familias y cualquier persona vinculada a ellas. «La banda debe ser desaparecida. Desaparecida con toda su familia y todo el que esté por delante. Deben desaparecerlo para quitar ese incentivo que tiene la delincuencia en Haití», declaró.
La declaración, que mezcla una lógica de mano dura con una retórica que choca frontalmente con los estándares del derecho internacional humanitario, ilustra la desesperación que existe en las comunidades fronterizas dominicanas ante una crisis que no da señales de resolverse por vías convencionales. Dajabón, como municipio limítrofe, absorbe de forma directa las tensiones migratorias y de seguridad que genera la inestabilidad haitiana.
Lo que el modelo Bukele podría significar para la región
Más allá de la polémica, Riverón reconoció que la estrategia de Bukele en Haití no resolverá el problema de raíz ni erradicará por completo la violencia. Su valoración es más acotada: considera que podría contribuir a reducir los niveles de delincuencia y a debilitar la capacidad operativa de las bandas, lo cual ya representaría un avance respecto al statu quo.
El caso haitiano se ha convertido, en ese sentido, en un laboratorio involuntario para medir la eficacia del modelo de seguridad que el presidente de El Salvador aplicó en su país con resultados que, en términos estadísticos, redujeron drásticamente las tasas de homicidio. Si esa experiencia logra replicarse, aunque sea parcialmente, en un contexto tan distinto y complejo como el haitiano, las implicaciones para la política de seguridad regional serían considerables. Esa es, en el fondo, la apuesta que el alcalde de Dajabón ya no se atreve a descartar.

